martes, 26 de octubre de 2010

La diosa

Cuando nació me vio con sus ojos brillantes y negros, como los de un águila que ve a su presa desde el aire. A pesar de haber nacido hace unos instantes tenía un porte excepcional, pues era una diosa, y como tal era prácticamente perfecta. Su pelo negro podía competir con el brillo del sol y con el abismo de la noche, pues era hermoso en todos los sentidos, y al moverlo de un solo e increíble gesto te dejaba con la boca abierta. La diosa de brazos blancos, la que quería abrazar pero no podía, pues desde que nació ya estaba fuera de mi alcance. La diosa de sonrisa deslumbrante que me miraba desde lo alto, y yo nunca llegaba a comprender porque.
Solamente podía soñar con ese momento, en el que al igual que un niño que por primera vez rompe los envoltorios de sus regalos el día de su cumpleaños, yo era feliz.
Adiós mi diosa, nunca te olvidaré, por lo tanto, te espero en mis sueños.